Cómo mantener el control con tus hijos

Cuando los padres han agotado la paciencia y sus recursos pedagógicos, explotan en algún momento diciendo cosas de las que luego se arrepentirán e infligen castigos desproporcionados que no consiguen mejorar nada. Algunos padres incluso ya están enfadados antes de empezar a batallar con sus hijos pues saben que los pequeños no van a cooperar y dan por hecho este comportamiento, lo que les hace estallar casi inmediatamente sin darles ni siquiera una oportunidad.

Estas rutinas que todos conocemos tan bien pueden convertirse con el tiempo en patrones destructivos de comunicación, relación familiar y resolución de problemas. Lo peor de todo es que muchas veces no somos conscientes de que esto está ocurriendo en nuestra propia familia.

Si tú pierdes el control, también lo perderá tu hijo. Y lo peor: le estarás dando un mal ejemplo a imitar. Te ayudamos con algunas estrategias para evitar y controlar las situaciones de crisis con tus hijos.

  • Evita la lucha de poder. Sé muy claro y explícito en los mensajes que das a tu hijo. Bajo ningún concepto debes darle pie al error.
  • Asegúrate de que ha entendido tu mensaje y hazle ver que sabes que lo ha entendido:
    Repite lo que acabo de decir, por favor.
    ¿Has oído lo que te he dicho?
    ¿Te ha quedado claro?
  • La técnica de «cortar en seco». Cuando tu hijo y tú estéis enganchados en una discusión, en una negociación inacabable que tiene el objetivo de terminar con tu paciencia y conseguir que transijas en tus límites, es conveniente esta técnica. Como su nombre indica, se interrumpe la dinámica de la discusión estableciendo una consecuencia si ésta continúa. Si llevas un tiempo considerable intentando convencerle de que tire la ropa sucia a lavar, corta en seco esta dinámica inútil y dile: lo te lo diré una vez: puedes hacer lo que te digo ahora o ir a tu cuarto a pensar sobre esto. Cuando salgas del cuarto, irás directamente a tirar la ropa sucia a lavar.
  • Cálmate y dale la oportunidad de calmarse. Parece una idea muy elemental, pero no lo es. De hecho, es la más efectiva de todas. Cuando la discusión comience a subir de tono, debéis separaros físicamente y retiraros un tiempo para relajaros:
    - Los dos estáis nerviosos: Siento que los dos estamos muy nerviosos. Vamos a calmarnos durante diez minutos y luego volveremos a hablar. Y pones el cronómetro en marcha.
    - Tú estás nervioso: En estos momentos estoy muy enfadado. Será mejor que me relaje y luego intentaremos llegar a un acuerdo. Me voy diez minutos a mi cuarto.
    -
    Él está nervioso: Cuando te hayas tranquilizado, avísame y entonces trataremos de buscar una solución.
  • Utiliza señales no verbales. Una mano en el corazón significa Lo siento, una T hecha con los dedos significa Tiempo, me voy a mi cuarto a relajarme, no me hables. A veces, menos es más...
  • Con los niños pequeños, utiliza una pizarra para dibujar las emociones. Coloca en una habitación de fácil acceso una pizarra. Cuando estés enfadado, avísales de que vas a dibujar. Tus hijos te seguirán curiosos para ver cómo dibujas garabatos con fuertes trazos o un círculo con una cara triste. Así entenderán que estás muy enfadado con ellos sin necesidad de perder el control. Esto mismo harán tus hijos cuando se enfaden contigo en lugar de insultar o tener rabietas.
  • Revisa y actualiza las normas. Si te empeñas en acostar a tu hija de catorce años a las nueve de la noche, igual que cuando tenía diez años, estarás abonando el terreno para una lucha de poder.
  • Pide perdón. A veces juzgamos con demasiada superficialidad los problemas de nuestros hijos y somos nosotros los que les damos mal ejemplo: Perdona, Carlos, estaba enfadada porque me has faltado al respeto y yo te lo falté a ti antes; te he gritado y juzgado sin razón. Lo siento. ¿Qué tal un buen abrazo en este momento?
  • Intercala mensajes de cariño y aceptación en mitad o al final de una pelea dialéctica con tu hijo. Muchas veces nuestros hijos nos desafían porque no se sienten bien ubicados afectivamente en la familia, no se sienten importantes y no encuentran su rinconcito en el mundo que les rodea. Por eso, siempre que te lo permita tu estado de ánimo, puedes añadir en mitad o al final de la disputa: Nos hemos enfadado mucho, pero te quiero con toda mi alma.

 

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