Nuestros hijos nacen sin ninguna idea preconcebida sobre
autoridad. No saben qué significa desobedecer, ni faltar al
respeto, ni engañar, ni mentir. Nacen tan desnudos educativamente
hablando como su pequeño cuerpecito de bebé. Y somos nosotros y los
estímulos que les ofrecemos los que moldeamos su comportamiento y
su visión de la vida. Somos nosotros los que les enseñamos a
respetarnos y los que aumentamos, mantenemos o perdemos la
autoridad frente a ellos.
Merece la pena un poco de esfuerzo al principio, cuando
inculcarles unas normas y unos límites no es tan difícil, cuando
aún contamos con su incondicional admiración. Más
adelante nos costará alguna que otra lágrima y de nada servirá
mirar en perspectiva y reconocer que nos hemos equivocado. El
momento es ahora. Tan solo se trata de ser coherentes con
nuestro proyecto educativo. Nada más. Así de sencillo. Ser
coherentes y respetuosos con nuestros hijos, sin necesidad de
recurrir a la manipulación, a la imposición o a los castigos. La
autoridad positiva inspira en nuestros hijos respeto, nunca miedo o
resentimiento.
¿Qué se necesita para aplicar la autoridad
positiva?
- Tener unos objetivos educativos claros. Estos
objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la pareja.
Requieren tiempo para comentarlos e incluso papel y lápiz para
precisarlos y no olvidarlos. Además deben revisarse si evidencian
ser ineficaces o si se han quedado desfasados por la edad del niño
o las circunstancias familiares.
- Establecer las normas básicas de la casa y respaldar
las reglas con consecuencias. Si no quiere apagar el
ordenador, recoger la ropa sucia o llegar puntual a casa, no has de
recurrir al castigo ni al chantaje; tan solo has de ser coherente
con las normas de la casa y hacer cumplir las consecuencias que,
por otro lado, él ya conoce previamente. Es la mejor manera de que
ellos mismos se autodisciplinen y aprendan de sus propios errores.
Aceptar la responsabilidad de sus decisiones les ayudará a prever
las consecuencias de sus actos y a obrar en consecuencia.
- Usar el "no" sin miedo. No siempre han de
obtener lo que quieren y es bueno que tengan que renunciar a algo.
No te sientas mal ante sus palabras de "esto es una injusticia" o
"no te quiero". Es normal que lo digan pero es bueno para
ellos que pongas límites en sus vidas, aunque esa medida no te haga
ser tan "popular" entre tus hijos como te gustaría. En
ocasiones se llega a perder el control de los hijos por no usar el
"no" las veces y en el momento que se requería.
- Transforma un "no" en un "sí". "¿Me compras
un zumo?", "Quiero ese cochecito", "¿Puedo ir a casa de
Alberto?"… Es cierto que a la mayoría de estos mensajes deberemos
decir que "no" pero podemos probar a responder con un "sí" que les
permita contrarrestar su sentimiento de ser siempre rechazados.
Puedes decir: "Vale, te compraré un zumo para tu próxima excursión
con el colegio" o "De acuerdo, es un regalo bonito para regalarte
en tu cumpleaños" o "Sí, podrás ir a casa de Alberto el
próximo sábado". Y si pide algo que ambos sabéis
que es imposible conseguir, sencillamente dile: "¿A que ya
sabes lo que te voy a decir?"
- La autoridad debe ejercerse de forma
participativa. Los padres no debemos imponer nada a
nuestros hijos de manera despótica. Debemos proponer alternativas u
opciones entre las que escoger y dejar que nuestros hijos
participen en la toma de decisiones. Sin embargo, los puntos
básicos de disciplina son INNEGOCIABLES. Se puede
debatir con ellos a qué hora bañarse pero no se puede discutir
sobre si hay que bañarse o no. Es una norma inamovible.
- La autoridad no debe ser aleatoria, debe apoyarse en
valores y criterios educativos y no responder a nuestro miedo,
comodidad o estado de ánimo. Mandar o exigir cosas
según el propio estado de ánimo o según las circunstancias es una
manera muy eficaz de conseguir que perdamos autoridad sobre
nuestros hijos. Si hoy está mal rayar en la pared, mañana, también.
Da igual lo cansados que estemos para intervenir.
- La conducta de los propios padres debe ser
coherente. Sin coherencia entre las palabras y los hechos,
jamás conseguiremos nada de los hijos. Antes, al contrario, les
confundiremos y les defraudaremos. Un padre no puede pedir a su
hijo que no grite si él es el primero que lo hace. Los modos de
conducta incoherentes o falsos generan sencillamente
rebeldía.
- Ha de haber coherencia entre la pareja. Las
reacciones del padre/madre han de ser siempre dentro de una misma
línea ante los mismos hechos. Si el padre le dice a su hijo que se
ha de comer con los cubiertos, la madre le ha de apoyar, y
viceversa. No debe caer en la trampa de: "Déjalo que coma como
quiera, lo importante es que coma".
- Autoridad y buen humor hacen buena pareja. El
buen humor es la mejor arma educativa que hay: suaviza el ambiente,
invita a colaborar, desdramatizar los hechos y devuelve la calma.
Dile a tu hijo con voz cambiada y señalando al suelo: "Soy la ropa
sucia de Alex, estoy triste y tengo frío porque Alex no me tira al
cubo de la ropa sucia, con mis compañeras. Me ha abandonado en el
suelo y ¡comienzo a constiparme!".
Hacer que nuestros hijos obedezcan libremente y basándose en el
respeto que sienten hacia nosotros no es tan difícil. Se trata tan
solo de demostrarles que sabemos "lo que tenemos entre manos", que
sabemos hacia dónde queremos ir como familia y que nada nos importa
más que ellos. Nuestra actitud y nuestra autoridad es lo que les
hace sentirse seguros y creer en nosotros. Y la herramienta más
importante que tenemos para conseguirlo es la coherencia. La
coherencia y nuestro enorme cariño hacia ellos.
Contenido elaborado por
Solohijos.com